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26 de abril de 2010

El CuentaCuentos: Se perdió el fin del mundo

- Se perdió el fin del mundo.

- ¿Y?- Dijo uno de los ángeles sobre su altar dorado.

- Sé que lo que pido es mucho, señores, que no es habitual concederle este favor a un mortal, pero es que ella no tenía la culpa de haber estado durmiendo en ese momento.

- No es siquiera habitual que un mortal nos pida un favor.- Dijo otro de los ángeles.- Pero dada la situación, en que a partir de ahora habrá muchos más mortales por aquí... Creo que deberíamos considerar lo que se nos pide.

- ¡Pero nos hemos vuelto locos!- Exclamó un tercer ángel que estaba de pie, hasta ese instante enjuagándose las manos en una fuente preciosa.- Hoy sería repetir el fin del mundo, y mañana ¿qué? ¿El incio de otro mundo? ¿Hiroshima? ¿El Krakatoa? Hay millones que no vieron arder el cielo cuando se estrelló la roca en el Yucatán, ¿por qué no lanzamos otra?- Y resopló, lavándose la cara con las manos empapadas, como si todo aquello fuera inverosímil realmente, o imposible de volver a hacer.

- Señores... Entiendo que sólo puede haber un fin del mundo. No pido que creen otro mundo para volver a destruirlo después. Sólo uno en el que ella y yo vivamos un tiempo, y después verlo estremecerse como ya ha ocurrido. Fue tan bello ver todo desmoronarse...

- Sí que lo fue.- Dijo uno mirando al cielo infinito sobre sus cabezas. A lo que los demás ángeles asintieron con resignación, era algo a lo que habían estado esperando mucho, y que ya no podría repetirse.

- ¡Ella estaba durmiendo! ¡Mala suerte!- Añadió el cascarrabias de antes.

- No es sólo que estuviera durmiendo y se perdiera tan hermoso y desvastador final del mundo. Es que además, fue a parar al infierno, y no volveré a verla jamás.

- Oh...- Todos ellos se apenaron, salvo uno, que hasta sonrió.

- Las cosas en el cielo se han puesto feas.- Dijo un ángel que aun no había hablado.- Tras el fin del mundo, muchos vinieron a parar aquí, ¡y ahora no hay ni donde sentárse! Creo que sería buen negocio cambiar favores a mortales, por billetes de sólo ida al inframundo... ¿Qué os parece, muchachos?

Unos ángeles asintieron, otros quedaron pensando, y el cascarrabias hasta dio un respingo.- ¡Genial idea!- Dijo éste último.

- ¿Mortal, cambiarías tu condición de elegido, tu eternidad en este paraiso abarrotado, por una cueva en los avernos, junto a ella, donde hay mucho más sitio para tantos mortales?

El chico ni lo pensó. El trato estaba hecho.

Un instante después, estaba en un paraiso terrenal. Un bosque verde y plagado de flores, y ella estaba junto a él. Frente a ambos, nacía el mar en una playa de imposible belleza. Y aunque el aire era fresco, el sol lucía sin rastro de nubes, y los rumores del bosque venían apaciguados por las olas, allá en lo lejos, donde comenzaba el horizonte infinito, algo crecía. Era un fuego inmenso, una explosión incesante, un horror que lo arrasaría todo. El cielo fue poco a poco cubriéndose de aquella destrucción, y el mundo en que se encontraban, desierto salvo por ellos dos, acabaría en segundos. Fue un último momento muy bello. Llovieron meteoros, se elevaron los mares, la tierra se resquebrajó y el bosque terminó por hundirse. Fue un espectáculo hermoso...

Cuando todo hubo acabado, el chico sólo vio negro, sólo respiró azufre, sólo encontró rocas incandescentes por suelo y muros, y solo escuchó el incesante lamento de millares de almas atormentadas...




Para conocer el final de otros mundos, visita:

7 de diciembre de 2009

El CuentaCuentos: Desde lo alto de la loma, vio asustado como la niebla penetraba incluso en las casas.

Desde lo alto de la loma, vio asustado como la niebla penetraba incluso en las casas. No era una neblina normal, de esas que lo inunda todo en un tono blancogris, que se forma en los bosques lúgubres de otros cuentos. Ésta era de un tono púrpura como si aquel momento no fuera real. Se preguntó si aquello podía ser un sueño, pero su conclusión fue que si estuviera durmiendo, y se hubiera hecho consciente, entonces se habría despertado. Y seguía ahí, viendo ese manto púrpura cubrir todo el valle, ocultando los campos y las casas, ahogando los rebaños. La visión era tan impresionante desde ahí arriba… Todo parecía mentira. Aquella loma estaba situada en el centro del valle, cual altar de rey magnánimo. Y sentado en su trono de pasto, observaba la neblina envolver todo a su alrededor.

¿Sabes esos momentos en que eres consciente de que lo que ocurre no está ocurriendo, o que no durará, o que es tan frágil que debes acariciarlo despacio, saborearlo, pues en cuanto acabe lo añorarás como a una necesidad que ha estado ahí siempre? Aquello era esa niebla, ese momento.

Se sintió tentado a descender de su loma, a bajar y respirar aquel aroma púrpura. A embriagarse con la satisfacción de que lo que ocurre no es real, y por eso no importa. Pero pensó que tal vez moverse sería un riesgo en ese sueño frágil. Permaneció, entonces, muy quieto en su trono, en lo alto de la loma, viendo a la neblina bajar por el valle como un espectro.

El espectáculo duró un largo rato, suficiente como para acabar saciado. La neblina púrpura recorrió cuantos territorios circundaban la loma, y los campos fueron dejando verse de nuevo. El bosque apareció en su tono verde oscuro, alarmando de la realidad, y las casas fueron surgiendo de entre aquellos colores imposibles. Primero el campanario, en remoto silencio; después los primeros molinos, quietos para no romper la magia; los graneros y hogares se dejaron ver, y poco más allá, el riachuelo regresó con su cantar melódico. Cuando los rebaños volvieron a balar, se dio cuenta de que todo terminaba.

La neblina se marchó como había llegado, y él quedó subido a la loma, sin comprender lo que acababa de pasar, preguntándose si era el momento de despertar…





Para saber cómo bajaron otras neblinas, penetrando en otras casas:

21 de noviembre de 2009

El CuentaCuentos: Y cuando dio comienzo, aquel pequeño personaje dejó caer su caña mientras él colgaba de la luna.

Y cuando dio comienzo, aquel pequeño personaje dejó caer su caña mientras él colgaba de la luna. ¡Qué casualidad que fue a pescar al Trapecista Estelar! Cuando éste pobre caía y caía por el universo, nuestro pequeño personaje fue a pescarle desde su luna. Ambos se sorprendieron el uno al otro, y allí recostados sobre la luna, charlaron durante horas y horas.

- ¿Quién eres?- Le preguntó nuestro personaje.

- Soy el Trapecista Estelar.- Le contestó éste muy orgulloso.

- Sí, he oído mucho de ti. Tu fama te precede, Trapecista Estelar.

- Me halagas, Pescador.

- ¿Cómo sabes que soy Pescador?- Le preguntó intrigado nuestro pequeño personaje.

- He conocido a otros como tú. Pescadores Lunares os llaman en algunos sitios, o simplemente Pescadores.

- Ah… ¿Y cómo has llegado a quedar enganchado en mi anzuelo, Trapecista? ¿Cómo es que no cuelgas de estrella en estrella, deleitándonos con tu danzar por el universo?

- Pobre de mí…- Se apenó el Trapecista Estelar.- Andaba yo de estrella en estrella, agarrándome con maña, ¡no! Con gran estilo, diría yo. Hasta que una de ellas se cayó.

Nuestro pequeño personaje se extrañó y puso cara de bobo.

- Sí,- Continuó el Trapecista.- estaba suelta. A menudo ocurre, que algunas estrellas no están fijas en el firmamento. Suelen reconocerse porque su luz se apaga, hasta que desaparecen, o algún tonto como yo las arranca, claro.

- ¿Y te la has llevado contigo?- Se intrigó el Pescador Lunar.

- ¿Y qué remedio? En cuanto la agarré, supe que me había equivocado. Llegué con una gran pirueta, desde la gran Sirius hasta ella, y ambos nos caímos del cielo.

- ¿Puedo verla..?

- No sé si podrás verla.- Comentó el Trapecista Estelar.- Es muy pequeña, y poco luminosa. Además, está por amanecer, y como sabes, las estrellas no se dejan ver cuando luce el sol, la mayor de todas ellas.

- No es que no se dejen ver,- Le corrigió nuestro pequeño personaje.- es que el sol, celoso por la belleza de las estrellas, no les permite lucirse, y ciega a los mortales con su blanca luz.

- ¿Cómo sabes tal cosa?

- Pues porque, Trapecista Estelar, tu vives en la noche, huyendo del sol, danzando de estrella en estrella, y jamás esperas a que el sol aparezca en el cielo.

- Claro que no. ¡Si me quedara colgado de él hasta el anochecer, me abrasaría las manos!- Se alteró el Trapecista.

- Entiendo…- Ambos callaron, hasta que nuestro pequeño personaje se sintió intrigado.- ¿Podría verla?

- Podríamos intentarlo. Ya está amaneciendo...

- ¿Dónde la llevas?

- Aquí, en el bolsillo de mi pantalón.- Y el Trapecista Estelar se llevó la mano al bolsillo.

A nuestro pequeño personaje, un Pescador Lunar que siempre ansiaba con tocar una estrella, que se consolaba con mirarlas desde su luna por las noches, se le aceleró el pulso. Él siempre estaba ahí, recostado en su luna, con la caña dispuesta a pescar una presa que llevarse al estómago, pero siempre había soñado con pescar una estrella. ¡Y por fin iba a ver una de cerca!

El Trapecista Estelar sacó entonces la estrella de su bolsillo. Era diminuta, y le cabía en la palma de la mano abierta. La pequeña, brillaba con una tenue luz que amenazaba con menguar hasta desaparecer. La pobre estaba muriendo.

- Toma, es para ti. Yo estoy cansado de llevármelas sin querer.

- ¿En serio?

Y se la dio. Ésta titiló unos instantes al entrar en contacto con nuestro pequeño Pescador, y entonces en el horizonte del mundo brotaron los primeros brillos del sol. Poco a poco, con nuestro personaje maravillado, el cielo se fue iluminando, y la diminuta estrella desapareciendo…



Para conocer las presas de otros Pescadores Lunares...

11 de agosto de 2009

El Cuentacuentos: ¿Quieres morir?

- ¿Quieres morir?

- Yo no puedo morir, inepto, soy un Dios.

- Lo sé, mi señor, pero siendo un Dios, que puede hacer todo menos morir, ¿no deseas saber qué se siente?

- Precisamente por un ser un Dios, puedo saber lo que quiera, cuando quiera.

- Entonces, mi señor, ¿qué se siente al morir?

- Saberlo sería experimentarlo. Y no arriesgaré mi trono en los cielos y avernos, por darte el gusto.

- Mi señor, no me darás el gusto a mí. Yo soy mortal, un esbirro que te adora y ama. Algún día seré polvo, tierra, y alimento de gusanos. Yo sabré lo que es morir.

- Cierto. Pobre inútil. No eres nada.

- No, mi señor. Pero ello me da doble ventaja sobre un Dios. Algún día me alcanzará la muerte, sabré qué se siente. Y por ello, ahora comprendo su significado. Mi vida es más intensa que la de un inmortal, mi señor, puesto que mi tiempo se agota y debo aprovecharlo. Saborear cada instante.

- Cierto.

- Pero tú, mi señor, no puedes saber lo que se siente.

- Sí puedo. Puedo saberlo cuando quiera. No será un hombre, mortal y ruin como tú, que nada vale pues es efímero, el que me diga a mí lo que puedo y no puedo. Voy a morir ahora, para saber lo que siente, antes que tú. Porque yo puedo. Puedo todo. Y tú eres nada.



Silencio...
Una sonrisa.
La libertad.




Para más historias...
El Cuentacuentos

29 de marzo de 2009

El Cuentacuentos: Su amor fue tan intenso que les dejó con agujetas.

Su amor fue tan intenso que les dejó con agujetas. Las mentes que no creen en la fantasía, las más eróticas y aquellas adultas y arruinadas, creerán estar en lo cierto pensando que consumieron sus cuerpos con el mejor y más sudoroso sexo... Y en cierta medida, no se equivocarán, ahora, se perderán la verdadera esencia del relato...

Ellos dos eran jóvenes, valientes y se veían capaces de llegar a la luna. Se prometieron un amor que demostraron apasionado, salvaje y sí, intenso hasta las agujetas. Él prometió que iría a donde fuera ella. Ella prometió que escaparía de su vida corriente. Y huyendo, caminaron juntos, de la mano, cuanto sus músculos les permitieron. Anduvieron bajo días soleados y bajo la lluvia de las montañas. Durmieron en las playas más recónditas, en el silencio más hermoso del mar...
Fue un camino que los llevó hasta perderse del mundo. Cuando uno de los dos no pudo más, el otro lo tomó en sus brazos y continuó caminando... Sólo cuando sus músculos murieron, agotados, martirizados por las agujetas, sólo entonces, decidieron que su camino había concluido.

Fue allí donde construyeron su hogar, donde criaron a sus hijas, y donde por siempre vivirán. O al menos eso recordarán las mentes que sí creen en la fantasía...



¡Flequillo loco!



Para amores más intensos, con y sin agujetas, para otras historias o cuentos, os recomiendo
El Cuentacuentos...

1 de noviembre de 2008

El Cuentacuentos: Y si... ¿secuestramos al sol? | Tú haz lo que quieras yo me voy a mi casa.

- Y si.. ¿secuestramos al sol?

- Tú haz lo que quieras yo me voy a mi casa.- Le contesté.

- Espera, un segundo, míralo de esta manera.- Trató de convencerme con sus suaves palabras. Miraba hacia el oeste anaranjado, en los últimos segundos antes de que la bola colorada se metiera tras el horizonte líquido.- Si lo secuestramos, ahora mismo, en este preciso momento, haremos que esta noche sea eterna...-

Yo la miré fijamente, aunque ella seguía mirando al oeste.- Tú estás mal de la cabeza.

Ella sonrió.- No. Aunque parezca mentira, lo digo muy en serio. Desearía que esta noche fuera para siempre. Fíjate, no hay ni una nube, las primeras estrellas ya aparecen como puntos de nácar en el azul oscuro tras nosotros, y allí,- Señaló al sur, sin mirar siquiera.- debe estar naciendo ya la luna llena. Va a ser una noche preciosa.

Permanecí callado un momento, observando a intervalos cómo moría el sol y cómo nacía la luna, tan hermosa.

- Date prisa.- Continuó.- Dame permiso. Pídeme que secuestre el sol. Se nos acaba el tiempo... Ya se va, y comenzará esta noche finita, que terminará estando nosotros separados... ¿De verdad quieres eso?

Pensé que obviamente no lo quería. ¿Cómo podía pensar eso? Habría entregado mi alma a algún demonio vagabundo en aquel momento, por poder nadar hasta el sol y amarrarlo al muelle con un cabo tan largo como para que se ocultara tras el horizonte, pero tan corto que no le permitiera dar la vuelta al mundo.

Ella me miró, implorando que le pidiera que secuestráramos al sol. Ambos sonreimos, sentados en aquel muelle, con nuestras siluetas reflejadas en el agua anaranjada, enturbiada sólo por el vaivén de nuestros pies desnudos. No nos atrevimos a besarnos, y la magia del momento fue perdiéndose, como el sol tras el horizonte líquido, como nuestro tiempo, como el nosotros que formábamos allí sentados a escasas pulgadas.

- Debo irme a casa.- Le dije sin dejar de sonreir.- Hagamos una cosa. Dejemos al sol navegar por el cielo cada día desde este atardecer, y vengamos siempre a verlo marcharse. Pues prefiero repetir este momento contigo infinitas veces, que vivir en una noche que no termine nunca...- Observé sus ojos bien abiertos, justo antes de que el final de la circunferencia anaranjada desapareciera allá lejos al oeste.- ¿Qué te parece?






Para conocer más secuestradores de soles, o escuchar más conversaciones desesperadas:
El Cuentacuentos

7 de marzo de 2008

Mi frase en el Cuentacuentos: Voy a coger un frasquito de hierbas de mi librería...

La anciana encorvada se levantó de su asiento y caminó hasta una alta estantería. Estaba repleta de libros, y sus baldas bien cargadas de elevaban hasta el techo.- Ellas podrán ayudarte en tu causa. Úsalas con prudencia, porque La Juana es una hierba que en altas dosis puede dejar secuelas irreversibles. Y además, porque te va a salir cara...- La jovenzuela escuchaba aun en la mesa, mirando a la vieja, que subida a la escalinata de la estantería, tomo un frasquito de cristal de detrás de un peluche. El muñeco tenía la forma de un perro, y estaba cubierto de polvo. Mucho tiempo atrás había sido al que se abrazara la vieja al dormir...

Llevó el frasquito a donde estaba la chica, y allí lo abrió tras un pequeño esfuerzo. Al destaparlo, un preciado aroma inundó la alcoba. Fue un elixir del paraíso en la nariz de la chica, que levó sus manos hasta las de la bruja y lo cerró.

- ¿Cuánto de caro me va a salir?

La vieja se rió sobre su silla, recostándose en el respaldo.- He dicho que te saldría caro, sí, pero con La Juana puedes dormir a un burro, o a un oso, o incluso matar a alguien de sueño...- En los ojos de la vieja se dibujó una forma, fue como una chipa en su pupila, que se apagó al instante.- El precio que tiene, para que te preste esto, para dos dosis,- Remarcó.- es una promesa.

La chica no reaccionó. El precio era algo que realmente no importaba, habría pagado con lo que fuera por esas hierbas, así que le contestó firme.

- ¿Qué promesa?

La bruja se rió por lo bajo. Tenía la venta hecha.- Debes prometerme que el hombre con el que quieres utilizar La Juana, tendrá un hijo de otra mujer.

- ¿Qué?

- Es la única forma de salvarle la vida, lo sabes.- La chica no podía creer lo que oía.- Si tu hombre va a la guerra, morirá combatiendo heroico, pero morirá. Aunque si lo duermes una temporada con estas hierbas...

- ¡Basta!

- ¡Sabes que tengo razón!- Gritó la bruja con una voz especialmente estridente, y le quitó el frasco de las manos.- ¿Lo tomas o lo dejas? No tengo tiempo que perder en ti, ni garantías de que me lo devolverías. Así que hazme una promesa y llévatelo, o vete por donde has venido.

La chica quedó mirándola un rato, en silencio, hasta que habló en voz baja.- Sí que te o devolvería...

- El trato son dos noches. Venga, niña, decídete.

- Esto lo hago por él, porque no podría soportar su pérdida...- Calló un momento.- ¿Quién es ella?
La bruja volvió a sonreír asquerosamente.- Su nombre es Pagäna. Deben traer un hijo varón en menos de catorce lunas.- la chica comenzó a llorar, impotente, y la vieja se regocijó con ello.- Y quiero el frasco, con La Juana, de vuelta en dos días.

La moza asintió, la pobre, en estado de indefensión, desesperada. Y la bruja se levantó al momento, complacida, a por una bolsa de cuero a un pequeño baúl. La chica la siguió, a lágrima tendida, y mientras la otra envolvía el frasquito, le habló en sollozos.- ¿Y si no tienen ese hijo...?

- Más te vale que lo tengan, porque si yo no saco algo a cambio de esta transacción, iré a cobrarme lo que es mío. A devolver el río a su cauce...- cerró la bolsita de cuero con una cintita roja y sonrió.- Ya me entiendes, el que debiera haber muerto, morirá.

- ¿Quién es ella?

- ¡Eso a ti no te importa!- Contestó alterada la vieja.

- Pero... Si he de conseguir que tengan un hijo...- Sólo de pensar lo que acababa de decir se detuvo en seco.- Debo conocerla a ella también...

La anciana recapacitó.- Pagäna es una chica de la aldea de Bielmonte. Allí darás con ella. Trabaja trayendo agua de los pozos del sur a palacio. Sé que es difícil, pero también que lo conseguirás. Catorce lunaciones. No lo olvides.

Le entregó la bolsita de cuero con el frasco, y le tomó la manos.

- Una advertencia...- Dijo la bruja.- No te pases con la dosis de La Juana, puede legar a sumir a uno en tal sueño, que ya jamás pueda despertar de él. Bastaría unas pocas horas, bajo su cama por la noche. Se echará a dormir, y no despertará en unos meses... ten cuidado.

La chica asintió. Seguí llorando, y estaba a escasos palmos de la vieja bruja. Ella era horrenda, y aun más bajo la tenue luz de la vela. Ésta sonrió, y su arrugada cara mostró una satisfacción tan grotesca que la chica sintió un impulso irrefrenable de irse de aquel lugar.

Tiró de las manos de la vieja y se fue con las hierbas. Se marchó tan apurada, que a su paso se llevó la mesa y una silla por delante. Éstas se volcaron, y vela y cartas del tarot volaron al suelo de la alcoba. La vieja saltó histérica y apagó el fuego con pie descalzo. Abrió la puerta y le gritó a la chica antes de volver a cerrarla.- Tienes dos noches para pensarlo, y catorce lunas para pagarme... Tú decides.




Este cuentito fue escrito el 23 de diciembre de 2007, tras lo cual envié la frase al Cuentacuentos, que ahora han propuesto. Aunque llego tarde una semana, que sirva el cuentito como compensación.
Llevo mucho tiempo sin escribiros en El Cuentacuentos y aunque ultimamente tengo demasiadas cosas en la cabeza, creo que es un buen momento para retomarlo.
En especial, me gustaría escribir con la frase de Klover, de hace un par de semanas atrás. Y la de Scry, de esta semana, también me parece muy buena...
¡A ver si lo hago!
Un saludo a todos los cuentacuentos, y a todos aquellos que caigan aquí.
Darka.

13 de diciembre de 2007

El Cuentacuentos: el juego de las 5 palabras...

Esta semana el Cuentacuentos va a ser diferente.
En lugar de habernos dado una frase pra comenzar el relato,
se nos ha propuesto un juego:
Se debe abrir un diccionario por cinco páginas al azar,
y escribir un cuento que contenga las cinco primeras palabras
de cada una de esas páginas.


Y ahora la parte divertida...
¿Alguien sabe cuáles son las cinco que yo he encontrado?
Dos pistas: Dos de ellas son verbos, y se encuentran conjugados...




LUAZ Y LOS MORADORES DE LA NOCHE


Aquella noche el cuentacuentos narró uno de sus más formidables relatos... Comenzó hablando de un lugar muy lejano, una extraña tierra yerma donde a penas vivía nadie. Se trataba de un lugar muy inhóspito, unas extensas estepas cubiertas por completo de la ceniza de los incontables volcanes. Todo a la redonda en aquel lugar era negro, y durante las noches de luna llena, ésta bañaba de plata las almas de los muertos, dejando verles con su forma borrosa y azulada...

Según contó el trovador, al son de las notas de laud, aquel desierto volcánico era conocido como no-man's-land, las Tierras de Nadie. Allí, le habían contado, vivía una joven chica, una bruja, tal vez, eso decían. Ella era Luaz, en realidad una princesa de aquellas tierras.

Luaz, aquellas noches de luna llena en que podía ver a los muertos, salía a jugar al desierto. Iba ella sola, ya desde niña, y jamás tuvo miedo de ellos. Conoció, incluso, algunos moradores de la noche... Así los llamaban. No todos los que morían o habían muerto podían aparecerse bajo la luz de la luna, sino sólo aquellos que eran recordados por alguien en vida...

Luaz salía esas noches, y las pasaba en su compañía. Se alejaba de la civilización, de su hogar, y se adentraba en las Tierras de Nadie. A poca distancia de cualquier lugar, allí, uno se sentía muy solo, en mitad del desierto... Pero Luaz no. Había lugares, antiguos vestigios de civilización, que habían sido todos desalojados o destruidos por la ira de los volcanes... no-man's-land, como dijo el cuentacuentos, era un lugar muy parecido al infierno...

Pero a Luaz no le importaba. Ella sólo se alejaba de la protección de su ciudad durante estas noches, en que la luna salpicaba a los moradores de la noche con su plata reluciente...

El trovador terminó su relato sobre aquellas tierras lejanas, contando que Luaz se escapó cada noche de luna llena, desde su niñez hasta que su vejez no se lo permitió. Con la edad fue reina, y una bien poderosa en su tiempo, y sería por siempre recordada por su pueblo. Incluso muchísimo tiempo después aun se cantarían sus epopeyas, que, como esta, le permitirían acudir cada noche a bañar su alma bajo la fina plata de la luna....



Para más juegos de cinco palabras...

4 de diciembre de 2007

El Cuentacuentos: Las turbulencias presagiaban lo peor

Las turbulencias presagiaban lo peor. Podría ser cierto todo lo que decían, y en ese caso, ya no habría más esperanza. Los dos chiquillos estuvieron escalando la montaña a pesar de la dura ventisca y del temblar de las rocas que servían para agarrarse. Toda la montaña parecía estar viva. Aquella energía no podía pertenecer a este mundo. Nada podría igualarlo. En una de ésas, él fue a aferrarse a una raíz que sobresalía de la roca, y ésta se retorció a voluntad, como si estuviese animada, como si tratase de dejar al chaval que se despeñara montaña abajo.

La subida fue terrible, pero lo lograron. Todo podría ser una leyenda, un cuento para asustar, o incluso una pesadilla... En ese momento todo podía ser, a lo mejor estaban los dos dormidos y todo aquello realmente no estaba ocurriendo. Fuese o no, habría valido la pena aquello. La sensación, la aventura, la osadía... Unos metros más arriba estaba la cima, el extremo más alto del mundo, el techo de todo cuanto existía. Y según decían, ahí habitaba algo que no era mortal, ni de este mundo, ni de ninguno... Y estaba ahí desde hacía milenios, a la espera...

Ella le tomó la mano a él, y éste le sonrió para darle ánimos. Como siempre, lo consiguió, y juntos escalaron los últimos metros. Allá arriba, en lo alto, en el final del cuento, o de la pesadilla, había algo que jamás habrían podido describir con palabras si hubieran logrado regresar... Se trataba de una gran puerta, un tremendísimo arco ojival, cuyas columnas estaba retorcidas y agrietadas, esculpidas por completo con miles de figuras y símbolos. Tras el umbral no se veía el cielo, ni la noche, ni las estrellas... Era un negro infinito que atrapaba la luz, que no la soltaba, y aun así, brillaba en su oscuridad...

No podían creerlo. Todo era cierto. Un cuento que se hacía realidad. No tenía porque acabar bien, pero eso era lo de menos, lo importante es que era real. Ahí estaba la entrada a... el camino a otro lugar. ¿Quién podía saber a dónde?

El gran arco temblaba como si estuviera a punto de desplomarse, pero ambos sabían que aquello no ocurriría. Y sin dudarlo, sin mediar palabra, aferrándose la mano como jamás lo hubieran hecho, echaron a correr hasta llegar al arco. Aquello parecía un terremoto. Las figuras de su superficie, demonios horrorosos advirtiendo que no pasaran, se burlaban de ellos en su forma pétrea, y haciendo eco de un valor insospechado, cruzaron el arco, desapareciendo de este y de cualquier mundo. Al instante, el arco se desplomó cerrando su camino de regreso... La montaña entera se derrumbó, y tras el cataclismo, una gran brecha se abrió tragándose todo en leguas a lo largo... Ese cuento había terminado ahí.

En algún otro lugar inimaginado, los dos pequeños se despertaron. Los dos lo hicieron con un grito. No estaban tomándose la mano, sino abrazándose. Se miraron de cerca, y se dieron cuenta de lo que había ocurrido.
Cuando un cuento termina, otro da comiendo...



Para más supervivientes a turbulentas historias, o no...

15 de septiembre de 2007

El Cuentacuentos: Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro

- Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro, ¿sabe usted?- Dijo el extraño hombre bajo la capucha.- Yo no he hecho grandes cosas, pero... ¿cómo se lo explicaría? ¿Es usted animista?

Los dos hombres andaban por el estrecho sendero, cruzando el frondoso bosque, sin un alma en millas a la redonda. Sólo se oían sus voces, sus pasos sobre la tierra, y los sonidos mágicos del bosque.
El otro hombre negó, sin saber exactamente a qué se refería. Miró al que hablaba, era un hombre muy peculiar: caminaba encorbado, bajo una capucha marrón que se alargaba hasta los pies en forma de túnica. Hacía un rato se habían encontrado ambos, en el camino principal, una de esas calzadas que los romanos habían construído hacía más de un milenio, y aque ahí seguía tras el paso del tiempo.

- Yo sí soy animista.- Dijo el jorobado.- Un animista es aquel que sabe que las cosas tienen un alma. Toda cosa tiene una esencia, que le dota de sentido. Incluidas las personas...

Cuando se encontró a ese hombre en la calzada romana, le preguntó si sabía cuánto faltaba para llegar a su destino, la gran ciudad de Praha, asentamiento de la corte de Bohemía. El jorobado, asintiendo, le dijo que no quedaba mucho para llegar, que conocía un sendero que cruzaba el bosque y atajaba unas horas la caminata.

- Toda cosa, tras haber sido hecha, guarda su esencia para siempre. Lo mismo que el alma de las personas, que es eterna.

El sendero descendía entre dos laderas, como siguiendo un curso natural tejido por las aguas en otro tiempo. Había raíces que salían de la tierra, como si necesitaran aire para respirar. Ni un rastro más de vida por donde arrastraban sus pies. Más allá, los árboles crecían a los lados, y el bosque se extendía en todas direcciones.

- Y toda persona que posee una cosa, es dueña de su esencia. Por ello, el hombre que posee a otro hombre, se hace con su voluntad y su fuerza. Un alma puede alimentarse de otras almas, ¿sabe usted?

Aquel hombre comenzaba a arrepentirse de haber accedido a ir con el extraño por el atajo. Todo empezaba a ser surrealista. ¿De qué demonios hablaba?

- El alma es la esencia de los hombres, y mantiene la fuerza de su carne... Por ello, para alimentarse de otra alma, hay que ingerir la carne que mantiene con fuerza.

Los dos se pararon en mitad de la nada y se miraron.

- Yo no era nadie, hasta que comencé a alimentarme de las almas de aquellos que sí eran alguien... Algún día alguien inmortalizará mi vida en un libro. Algún día yo seré alguien... Pero no se preocupe, en cierto modo, si mi esencia perdura en la historia, usted también lo estará haciendo...


Si queréis conocer más libros inmortalizando vidas...

29 de agosto de 2007

El Cuentacuentos: La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición.

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición. Era tan bonita, que cualquiera de este reino se habría vestido de azul y habría ido a intentarlo... No te imaginas... Preciosa. Pero lo suyo le costó. Una vez, no mucho antes de su muerte, cuando aun era una mujer normal, ni guapa ni fea, sino normal, se reunió con un hechicero y con una bruja, y ambos la convirtieron en la más bonita del reino.

Ella ha avivado la leyenda que dice que una vez cada cierto tiempo se reúnen un mago y una bruja, antiguos amantes distanciados. Dicen que el mago es tan bueno y brillante y que sólo ella, la bruja, puede hacerle sombra. Al parecer conocieron la magia juntos y después se separaron, ella se dedicó al mal y él al bien, luchando el uno contra el otro desde entonces. Pero cada cierto tiempo se conceden una tregua y se reúnen, y es cuando la hermosa chica acudió a su encuentro, para pedirles su deseo: ser la chica más bonita del reino.

Ellos dos le concedieron el deseo, sería la más bonita, pero con una condición. El mago la bendijo con la belleza, pero la bruja la maldijo con la incapacidad de amar. La muy tonta, aceptó el trato...

Desde entonces la chica fue deseada por todos, al pasar todos se giraban y algunos hasta se atrevían a acercarse, pero ella no podía sentir nada por ellos. Alguna vez lo intentó, conoció a apuestos hombres en su vida, disfrutó de ellos al principio, pero siempre terminaba por arruinarlo todo. No, no podía, no podía amar.

Cuando volvieron a reunirse el mago y la bruja, allí se presentó ella también, y lo único que pudo recibir fue un consuelo de él, y una carcajada de ella. Era tan mala... Y la chica más hermosa del reino se marchó llorando. Pero después, cuando el mago ya se había despedido de la bruja, se le apareció a la hermosa chica y le dijo que sabía cómo aliviarle su mal...

El mago le contó que la bruja la había maldecido porque a ella le pasaba lo mismo: no podía amar. Cuando fueron jóvenes, mago y bruja se amaron, hasta que ella se inclinó por las artes oscuras... Una magia peligrosa que acarrea terribles consecuencias para el cuerpo, y ése fue uno de sus males. La bruja quedó incapaz de amar.
Ahora bien, le dijo el mago a la hermosa chica, ya no había vuelta atrás, pero podía ayudarle a él a derrotar a la bruja para siempre. La bruja tenía una debilidad: su desdén. Si la hermosa chica se le acercaba a suplicarle que le devolviera la capacidad de amar, seguramente la bruja le lanzaría otro maleficio... Pero el mago le daría un espejito mágico a la chica, con la propiedad de reflejar el hechizo y que afectara a su lanzador, es decir, a la bruja.
Ella, desesperada, aceptó. Lo único que quería era acabar con esa bruja despreciable.

Acudió hasta la cueva de la bruja, y allí la bonita chica le rogó que le devolviera su capacidad para amar, y la bruja, de nuevo, se echó a reír... la insultó, la humilló, y creyendo que ya no estaba bajo la protección del mago, le lanzó un conjuro diabólico... ¡La quiso convertir en una seta! En ese momento, la chica sacó el espejito mágico y el hechizo de la bruja le explotó en la cara...

Cuando apareció el mago a ver qué había pasado, se encontró con dos setas en el centro del suelo húmedo de la cueva. Una era retorcida y gris, estaba mustia y parecía a punto de morir. La otra era una bonita seta de un color rojizo que se elevaba varios centímetros del suelo, majestuosa, con una gran caperuza y miles de motitas de colores... Era la seta más bonita del reino...







Para más hermos@s con bellezas malditas...

20 de julio de 2007

El Cuentacuentos: Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir.

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir. Empuñaba una nueve milímetros y apuntaba a una u otra frente, mientras sus pensamientos frenéticos iban y venían en ambas direcciones. Había sido todo tan sencillo, lograr arrinconarlos a los dos juntos, y poder decidir a quién creer, y a quién matar... Estaban los dos de rodillas, frente a él que los apuntaba, todos en el centro de una gran nave industrial, cuyas puertas estaban todas selladas. La gran nave estaba iluminada por algunos alójenos allá a lo alto, y estaba vacía, salvo por su moto, que estaba empotrada contra una pared al fondo. Los dos hombres arrodillados gritaban discutiendo, tratando de contradecirse el uno al otro para salvar el pescuezo. Los dos sabían que al menos uno iba a morir.
Once minutos y medio atrás, él se encontraba saltando de esa moto que estaba tirada al fondo, haciéndose con los dos hombres desarmados en un momento. Y desde entonces ambos estaban tratando de argumentar y defender su vida. Los dos se habían reunido ahí, para tratar unos negocios, habiendo sido sorprendidos por el motorista, que había aparecido de la nada. Su primera reacción fue sospechar el uno del otro, pues aquella reunión privada era más peligrosa que un simple abrazo acogedor entre dos antiguos amigos. Los dos habían entrado, cada uno por una puerta, con sus hombres escoltándolos detrás. La orden había sido, una vez dentro y los dos desarmados, sellarían las entradas mientras hablaban y acordaban. Después, saldrían y cada uno por su lado.
Pero no, había llegado él.
Sólo había una explicación a de dónde había salido, porque sus muchachos se habían asegurado de que la nave industrial estuviera vacía... Aquello tenía que ser una traición del otro.
Uno de los dos estaba equivocado... Pero la cosa era mucho más complicada. Uno de los dos sí que estaba traicionando al otro, pero no del modo que pensaban...

Cuarenta y siete años después de aquello, dada la tecnología alcanzada, serán posibles muchas más cosas de las que nos son ahora. Las máquinas nos permitirán hacer muchas más... De entre todos aquellos avances a los que se llegarán, ahora nos costaría imaginar los viajes en el tiempo. Pero sí, se podrá, creedme que lo veréis.
Gracias a avances como este, los había sorprendido el motorista. Él sabía que en ese momento exactamente estarían precisamente ahí, en aquella nave industrial vacía, y sellada. Había ido hasta ahí, viajando en el tiempo cuarenta y siete años atrás, con la orden de matar a uno de los dos.

Sólo tenía que apretar el gatillo. Nada más... Y lo habría hecho. Pero no podía.
Entre sus gritos, logró pararse a pensar, y recapitular, pero la nueve milímetros siguió apuntando de una a otra cabeza sin detenerse. Le vino muy rápido a la cabeza aquella foto antigua. Sólo la había visto una vez, pero la recordaba bien.
Él siempre se había creído adoptado, pero una vez alcanzó a ver en la foto a su padre biológico. Estaba junto a su madre, y, además, su padre adoptivo, los tres de jóvenes. Ella era tan bonita...
Los otros dos hombres eran los que tenía ahora arrodillados delante, y tenía que matar a uno.

La orden le había venido de arriba, de las altas cúpulas, el director del servicio secreto gubernamental, única entidad con permisos para utilizar la tecnología del tiempo. Le habían ordenado expresamente a él viajar en el pasado y matar a otro hombre.
Ése director que le había encargado tal cosa, bajo mano y sin escribir ningún informe pertinente, había su padre adoptivo. El mismo que tenía ahora arrodillado suplicando, y que estaba a punto de recibir un tiro en la cabeza.
Su padre adoptivo sabía que encontraría a aquel hombre en aquel lugar, en aquel momento, porque había estado reunido con él en el pasado. Aun guardaba fecha y hora de la reunión en su agenda electrónica, tantos años después. Sabía que tenía que viajar en el tiempo hasta ese momento, para dar con el hombre que debía asesinar. Al hombre que ahora había resultado ser su padre biológico.

Y todo por la foto... Si no hubiese visto aquella vez la foto, no habría sabido nunca que aquel hombre era su padre de verdad. Y venía con la intención de matarlo...

La situación estaba así, y a él no le cabía en la cabeza. Podía matar a su padre adoptivo, que en el futuro le encargaría asesinar a su padre biológico. Era de locos... Es verdad.
Le temblaban tanto las manos mientras apuntaba a uno u a otro, que no podía ni sentir el sudor cayéndole por la espalda. Debía matar a su padre, pero ¿por qué?
Entonces le vino una pregunta aun más azarosa a la mente, y los dos arrodillados, callaron al ver su expresión cambiar. ¿Y si en ese momento él no había nacido todavía? Sí, al matar a su padre biológico él también moriría...
No le hacía falta hacer números. Tenía treinta y un años, así que en ese momento no podía haber nacido...
Con los dos en silencio, aunque mirándolo e implorándolo de rodillas frente a él, se planteó por qué entonces quería su padre adoptivo que matara a su padre biológico, si él también moriría...

Ahí es donde uno traicionaba a los demás.
Y fue entonces, con manos temblando al sujetar la nueve milímetros y teniendo que elegir, cuando el motorista se dio cuenta de que aquello no podía estar pasando. No era real. Imposible.
Pensadlo: si mataba a su padre biológico, él también moría, y aquella situación no habría podido darse nunca. Si mataba a su padre adoptivo, todo el futuro cambiaría, y aunque él viviera, tampoco podría darse aquella situación...

No podía ser. No tenía sentido.
¿O... sí?



Más y mejores cuentos en...

16 de julio de 2007

El Cuentacuentos: La fábrica de sueños cerró por vacaciones

La fábrica de sueños cerró por vacaciones, como hacía cada veintisiete días. Algunos podrían pensar que era explotación, pero es que el ritmo de trabajo era angustiante, y ya era un privilegio que se cerrara la fábrica al menos un día cada veintisiete.
En otros tiempos, se trabajaba todos los días, pues era un riesgo dejar sin sueños a la gente durante un día, y en efecto, aumentaron las depresiones de la gente cuando se creó este día de vacaciones, pero es que los trabajadores necesitaban un respiro, un descanso.

La fábrica cerraba cada vez que era luna nueva. Ya que ella se tomaba vacaciones, ¿por qué no iban los creadores de sueños a tomárselas también? Con ese argumento lograron el día de descanso, de manera que trabajaban durante todo el ciclo lunar, iluminando de sueños las noches de los dormilones y dormilonas que vivían ignorantes de su existencia.

Ocurre, como os decía, que el pasado día catorce fue luna nueva, y claro... los creadores de sueños, en su fábrica, se tomaron vacaciones, y no hicieron nada.
Si os notastéis raros los cuentacuentos, como faltos de inspiración, como si tuvieras hambre, incluso, o una sed descomunal... ya sabéis por qué fue.

Aquella noche, la del trece al catorce concretamente, intenté escribiros un cuento, pero me fue realmente imposible, y es que claro, ahora entiendo por qué...
El cuento hablaba de un niño desconslado, estaba en mitad de un desierto y no dejaba de llorar y llorar... El pobre estaba impotente, sin poder hacer nada, y sin entenderlo, sólo lloraba y lloraba.

En realidad no sé como acababa... claro, es que ese día, no podía escribiros bien. Pero sé que el niño lloró tanto en aquella situación, que cuando surgió la primera sonrisa de la luna por el horizonte lejano, creció todo un bosque a su alrededor, alimentado por su lágrimas...
Fue tan bonito...

Lo importante no fue lo que le pasó al niño. Lo importante fue darme cuenta de que era incapaz de escribiros, y tuve que dejarle ahí, al pobre, llorando desconsolado... Y es que la fábrica de sueños había cerrado por vacaciones.

¿Sabéis lo que realmente pensé? Que esos trabajadores, esos que se toman vacaciones cada veintisiete días, cerrando su fábrica y dejándonos sin sueños, olvidando a niños desconosolados llorando en desiertos, no son más que otro sueño.

Ellos somos nosotros mismos, todos y cada uno de nosotros, cuentistas.
Así que el día que se me vaya la inspiración, pensaré en ese niño, y en que la luna siempre termina apareciendo de nuevo por el horizonte.
Y como aquella vez, suele hacerlo sonriendo. Así que así la esperaré yo también, sonriendo...

Os deseo buenos y bonitos cuentos, hasta el doce de agosto... que cerrará la fábrica por vacaciones.



Para más parones por vacaciones, estivales, lunares o de otras índoles imaganidas y por imaginar...

4 de julio de 2007

El Cuentacuentos: La mirada que le devolvió el espejo no era la suya.

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya. Ahora era de una chica bonita que miraba sin estar segura de quién miraba. Esa cara podría haber sido la de cualquier jovenzuela de veintitantos años, pero no era ella. Justo antes de mirar se había preguntado si se arrepentiría de lo que acababa de hacer, y ante tal incertidumbre, se arriesgó y miró. A lo hecho pecho. Pero no, ya no era ella. El pelo seguía cayendo rubio como antes, pero los ojos ya no eran del mismo color, los pómulos estaban realzados, los dientes en su sitio, los labios más gorditos y jugosos, la piel estirada como lo estuviera hacía tantísimo tiempo...

Pero no era ella.

No supo cómo reaccionar. Todos esperaban que le agradara el cambio. Debía sonreír, debía simular una nueva felicidad como caída del cielo. Pero... Es que esa mirada ya no era la suya.
Bueno, como consuelo le quedaba que seguía ahí, al pie del cañón, cumpliendo los cánones marcados de estética y que todos estamos obligados a cumplir, porque así es el mundo en que vivimos...

Sí, al final sonrió, pero más por cumplir que por sonreír...
Fue una sonrisa que se apagó despacito, casi sin que los demás notaran la desilusión. Se había confirmado, esa ya no era su sonrisa...


Ha llegado con retraso, pero es que erea una muy buena frase, y quería escribiros...
para más miradas no correspondidas: El Cuentacuentos

25 de junio de 2007

El Cuentacuentos: Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera

Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera, ¿te acuerdas? Fueron unos años tan felices... Corría, saltaba, luchaba y volaba acompañando a Peter y a los niños perdidos. Era uno más de ellos. Se había hecho una cabaña frente al lago, según decía, su hogar en Nunca Jamás. Y aquellas maderas que echamos para simular el barco pirata... Qué bueno fue verle saltar y caerse de inmediato al agua. ¡Y cómo nadó a toda prisa creyendo que el cocodrilo lo comería! Ajajajaja.

Pero ahora... Con el paso de los años todos pierden la ilusión, aparcan las espadas de madera y deja de importarles si se les hunde el barco pirata... Dejan de volar y de soñar. Pero él nunca dejó de hacerlo. Él sigue deseando poder echarse a correr, y luchar contra piratas y rufianes imaginarios... Pero está ahí, en esa silla sin poder levantarse, envidiando a todos los que aun lo hacen. Sonríe por la ventana viéndoles correr y gritar, dándose mamporrazos como si se batieran con el mismísimo Garfio, y él los observa en silencio, sin dejar de mover ese bolígrafo mágico...

Con él escribe todos los cuentos que los demás niños narran en la distancia. Sus ilusiones y sus aventuras no le apenan, ni deberían apenarte a ti tampoco. Él las aprovecha, las vive y las revive. Las escribe y nos las brinda. Hace que esos sueños no mueran nunca...
Así que no estés triste tú al verle ahí en silencio, porque cada uno hace lo que puede para sonreír. Cumple tú con tu parte, y lee sus historias. Te darás cuenta de que en ellas hay tanta magia como la había en aquella espada de madera...



Para concer los sueños de otros niños jugando con espadas de madera... visita:

12 de junio de 2007

El Cuentacuentos: La habitación del deseo

¿La habitación del deseo? Yo sí estuve una vez... Bueno, estuve en MI habitación del deseo, porque cuando estuve allí, me dijeron que ésa era mi habitación del deseo, y que son infinitas y que cada uno tiene la suya...
Por eso, cuando llegué allí, pedí mi deseo... Te pedí a ti. Y ahí te apareciste... Sí... Y eras toda mía, toda para mí, y no podía creerlo. Pero ahí estabas, y no pensaba desperdiciar la ocasión! Lo primero fue preguntarte tu nombre, y quise saber todo de ti, y lo supe...

Tantas veces te miraba sin saber nada de ti. Alguna mirada me habías lanzado de repente, hasta un saludo...
¿Te acuerdas? Jajajajajaja. Pero ya no importaba, porque entonces lo supe todo de ti, y eras... Eras justo como te había imaginado. Con esa voz tan dulce me lo contaste todo, todo...
Hicimos planes de futuro, nos prometimos el uno al otro, porque... claro, eras mi deseo. Y entonces no me paré a pensar en cuando saliera de la habitación. No me importaba.
Tú ya serías mía para siempre, y nadie más lo sabría, jamás.

Sonreíste, bailaste para mí, me hablaste con esa voz...tu vuz... Era lo único que tenía de ti hasta entonces, eso, y verte tan de vez en cuando. Eras tan preciosa...
Te conocí, me conociste, y aquello sería para siempre. Lo supimos los dos. En reaidad ya lo sabíamos los dos, pero nos hizo falta encontrarnos en mi habitación del deseo para que te dieras cuenta.

No lo olvidaré jamás... Cómo te acercaste, como me besaste, como nos acariciamos... Tu manera de moverte, de sonreir cuando te miraba, de bailar para mí...
Fue tan increíble...

Ahora lo recuerdo todo cada vez que te veo, cada vez que te oigo susurrar con esa vocecilla, cada vez que me sonríes, cómplice, sin que nadie más alrededor sepa nuestro secreto.
Somos el uno del otro.
No importa que no te acerques a mí para demostrarlo. No importa que no vuelvas a besarme, pues sigo viendo verte bailar frente a mí, paseando como la brisa burlona, cuando llega, te conmueve en silencio, te acaricia sin que nadie lo vea, y continúa su camino...

Nada más importa. Tú eres mía y lo serás para siempre. Y lo mejor es que nadie, nadie lo sabe...
El secreto del encuentro en aquella habitación será guardado para siempre...


Si queréis saber qué pasó en otras habitaciones del deseo, os lo tendrán que contar sus propietarios...




"Calmado y urgente, inmenso segundo dulce intermitente,
que demuestra que esto es más pequeño que llorar,
no sirve de nada, quizás mañana..."
Espacio denso
Los Piratas

20 de mayo de 2007

El Cuentacuentos: Te conozco demasiado bien

Te conozco demasiado bien como para que me digas eso. Sé cómo eres, y sé que ésa no eres tú. La persona que hoy he visto en ti, la que está ahora en esa cama atada, no eres tú. Y lo sé porque ya son muchos años a tu lado, porque desde que nací me vienes cuidando... Y ahora me toca a mí. Y lo sé, créeme aunque tú no lo veas, con fía en mí, ésa no eres tú.

Te veo y te ves, y nos vemos, como contestarías tú... ¿A qué sí? Porque hablando como hablas, diciendo todas esas... No, no utilizaré esa palabra enfermiza. Lo que dices no tiene sentido, o al menos no para mí, ni para nadie fuera de tu cabeza, pero no lo son. Son sólo pensamientos, tus pensamientos disparados sin control.

Y... Siento mucho lo que te está pasando, y siento muchísimo tener que haberte llevado allí... ¡Claro que me cambiaría por ti! ¿Qué tipo de pregunta es esa? ¿De verdad crees que yo quería hacerlo? Claro que no... Yo también odio ese lugar... Odio que estés allí dormida. Odio que me mires así. Odio tener que visitarte para verte, que vaya a allí y ni siquiera me reconozcas...

Y me lo cuestionas si no me doy cuenta... Que ésa eres tú, me repites, que no te pasa nada... Pero no. Eso no es así, y... Joder, ya quisiera poder cambiarme por ti, y que no estés así. Pero no puedo.

Pero bueno, lo único que me consuela es que sé que no sabes nada, que no eres tú la que habla y tanto piensa, la que está ahora en esa cama durmiendo mal acompañada... Me consuela pensar que eso era lo que había que hacer, y que uno de estos días saldrás de ahí, estando bien, siendo tú otra vez...

Te lo dedico, aunque ahora no puedas leerlo...
D & C



Esto no es exactamente un cuento, y no me ha parecido bien publicarlo en el cuentcuantos, aun así, agradeco la frase, con la que ya no pensaba escribir, pero que al final me ha dado la oportunidad de legar a esto... Gracias.
Para lo que hayan caído aquí y lo lean, bueno... Es lo que siento.
Y para los que quieran leer algún cuento de un buen cuentista, visitad:

2 de mayo de 2007

El Cuentacuentos: Hola, ¿bailas conmigo?

- Hola, ¿bailas conmigo?- Estaba sentado, levantando la mano derecha, ofreciéndosela a ella, y sonreía de manera extraña, como con sólo la mitad de sus labios, formando una mueca que no invitaba, ni a sonreír, ni a bailar, y que a ella le entristeció aun más.
- ¿Has leído el libro que te di?- Contestó ella preguntando, tajante.
- Sí. El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención. Gracias.- Y volvió a sonreír de aquella manera tan peculiar, como tan sólo él lo hacía.- Pero... No lo he entendido muy bien, esperaba que me ayudaras.
Los dos quedaron en silencio. La inocente petición le hizo dudar a ella. ¿Estaba siendo irónico?
- ¿Lo harás?- Repitió él.
Sonaba una hermosa melodía que entraba por la ventana, traída por el aire de aquella noche de luna llena. Ella estaba de pie, apoyada sobre la estantería de su estudio, y a su espalda, incontables libros y manuscritos guardaban infinita sabiduría. Compendios y tratados de filosofía, medicina, psicología y otras disciplinas permanecían ordenados, expectantes y conocedores del secreto que él aun no conocía.
- Sí.- Dijo.- Te ayudaré.- Estaba muy sería, mirándole. En él vio esa expresión taciturna, y dio un par de pasos hasta llegar a él. Tomó su mano, se arrodilló para ponerse a su altura, y añadió cuatro palabras.
- Pero prométeme una cosa.
Él asintió.- Dime.
- Vas a escucharme, muy atento, y vas a tratar de entender lo que te digo, ¿vale?
- No estarás otra vez con eso...- No obtuvo palabra por respuesta, pero en su rostro la vio reflejada, y negó con la cabeza... Estaba harto de todo aquello.
- Desde el accidente, todo cambio.- Dijo ella por fin.- No quieres creerme, pero lo digo en serio. Sé de lo que hablo.
Él se encogió de hombros.- Sí... Lo sé. Pero en serio... Es que ya no puedo más.- La miraba fijamente, y ella comenzó a sentir cómo su mano temblaba.
- Escúchame.- Dijo.- El accidente fue muy fuerte. Eso ya lo sabes. Después pasaste mucho tiempo en el hospital... Hicieron lo que pudieron, pero tu sistema nervioso quedó dañado irreparablemente.
- No...- La interrumpió él.- Estoy bien.- Y calló con un suspiro.
- Escúchame... ¿Qué leíste en el libro? Dime.
- Bueno... Habla de aquel hombre. El que sufrió una apoplejía del hemisferio derecho del cerebro. El muy tonto no sabía ni que había quedado paralítico de medio cuerpo.
- No estaba paralítico...- Dijo ella muy despacio.- Era una parálisis, una hemiplejia. No podía mover la mitad izquierda de su...- Las palabras se quebraron al ver aquella media sonrisa irónica.- cuerpo.
- En serio... Yo estoy bien. De verdad... Los médicos exageran, si es que...
- Escúchame...- Dijo ella otra vez en voz baja.- Aquel hombre... No era tonto por no saber lo que le pasaba.
- No...- Él se rió por lo bajo.
- Se llama anosagnosia, y significa no poseer un conocimiento...- Movió la cabeza.- Una persona que tiene anosagnosia, no sabe que le pasa algo, ¿entiendes? Es incapaz de saber que está enfermo...
Calló por unos instantes, y miró a través de la ventana sin ver a la luna.
- ¿Qué decía en el libro...? ¿Qué has leído tú mismo en ese manual, acerca de la apoplejía derecha?
- Sí. Si yo te entiendo, pero es que a mi nunca me dio una apoplejía...
- Sí. Sí que te dio. Dime, qué dice...
- Dice que algunos pacientes que han sufrido una parálisis del lado izquierdo de su cuerpo tras sufrir la apoplejía, tienen anosagnosia, con lo que no saben que están paralíticos...
- No están paralíticos...- Repitió ella aun buscando a la luna.
- Ya... Es una parálisis... Ya me lo has dicho.- Callaron los dos.
- Pero a mí no me pasa nada. Nada.
Ella no contestó, ni dijo nada por un rato, y permanecieron en silencio. Él temblaba más que antes, y ella apartó su mano, dejándola caer sobre su pierna derecha, que la acarició hasta llegar a la izquierda. Entonces sonrió, al encontrar a la luna, que de nuevo se asomaba a la noche.
- ¿Lo has sentido?- Dijo ella de nuevo mirándole.
- ¿El qué?
- Mi mano...- Sus palabras sonaron casi más como una pregunta inocente.
Pero él sonrió, sin comprender en absoluto.
Entonces ella se levantó y le dio un beso en la mejilla izquierda.- No.
- No, ¿qué?
- No puedo bailar contigo...
Él negó con la cabeza. Estuvo a punto de resoplar. Estaba harto de que le repitieran lo mismo.
- Piénsalo. Sólo te pido que pienses si es posible...- Dio media vuelta y caminó hacia la puerta, y después de las ultimas palabras, la cerró al salir.
- Tan sólo intenta imaginarte a alguien que no es capaz de sentir la mitad de su cuerpo... Que no puede moverlo y no lo sabe. Simple y llanamente, no lo sabe. Alguien que no es consciente de todo aquello...



Darka Treake



(No te aconsejo que leas las siguientes palabras si aun no has leído el relato, pues probablemente te desvele el secreto antes de tiempo...)
Este relato ha sido inspirado por algo que he leído en "El Error de Descartes" de Antonio Damasio. No está basado en un caso verídico, pero sí es verdad que hay muchos pacientes que sufren de este mal. Personas que no pueden mover la mitad izquierda de su cuerpo y ni siquiera lo saben... Les pides que muevan la mano, y lo intentan y lo intentan sin poder, y no entienden por qué. Ellos están convencidos de poder hacerlo, sin embargo, no hay manera...




¿Encontraréis a alguien que sí haya podido bailar en El Cuentacuentos?

10 de abril de 2007

El Cuentacuentos: Nunca he sabido hacer el equipaje

Nunca he sabido hacer el equipaje ni tomar una decisión. ¿Cómo iba a hacer cualquiera de las dos cosas ahora? No puedo. No puedo irme y dejarlo todo aquí. ¿Qué van a hacer sin mí...? Llevo toda mi vida esperando esto, pero ahora que ha llegado, dudo si podré hacerlo o no, si las consecuencias serán peores que las expectativas. No sé que va a pasar, qué voy a hacer o si me voy a ir, pero en este momento, en este preciso momento, no me importa. Estoy aquí, y es ahora, y es así como me gusta sentirme. Sabiendo que existo. Sintiendo que existo... Y si es el momento de elegir si empezar a vivir así, quiero hacerlo. Quiero vivir así, de esta manera, por siempre. Saboreando cada momento, sintiendo cada momento. Viviendo el aquí y el ahora. El problema es que me da un miedo horrible... ¿Cómo voy a irme ahora? Es que no puedo... ¿Pero, a qué tengo tanto miedo? Vete... ¡Vete! Lo ves, sé que quiero irme, pero no puedo... Qué rabia. Y es que soy incapaz. Me veo incapaz. Hay ciertos momentos, como este, en que creo que podría lograrlo, sí, pero la mayor parte del tiempo, no me veo capaz. No lo entiendo... Y no sé qué hacer. Porque el querer y no poder, no deber o incluso no querer, es realmente difícil. Y encima ya me ves, yo sin saber qué hacer, pensando y rebanándome el seso, y tú me hablas del equipaje... De verdad que no lo entiendo.


Darka Treake

25 de marzo de 2007

El castillo al que no había forma de llegar

Érase una vez un castillo al que no había forma de llegar. Había muchos caminos hacía él, allá elevado en la colina al pie del pantano, pero ninguno llegaba hasta su destino. No, no había forma de llegar. Pero a pesar de ello, había quién lo había conseguido. No muchos, claro que no, pues como digo, no había forma de llegar a él.

Los pocos que lo habían conseguido, contados con pocos dedos, no pueden ser nombrados, pues el secreto debe permanecer así, silenciado. Pero ellos estuvieron allí. Al llegar vieron que el castillo estaba derruido.

Era algo muy extraño. El castillo podía ser divisado a gran distancia, allá en lo alto de la colina, y también ser visto desde abajo, entre los escarpados acantilados, desde el pantano de aguas verdosas. Y siempre, desde allá lejos, parecía un formidable bastión, un castillo digno de un gran señor.

Pero al llegar, algunos se desilusionaban, al encontrarlo por completo en ruinas. Tan sólo quedaba en pie la torre del homenaje, y algunas estancias inferiores. Nada más, y en fatal estado.

¿Por qué sería eso? Nadie, ninguno de los pocos que habían logrado encontrar el castillo, comprendían aquello. Nadie sabía por qué, desde lejos parecía formidable, y al llegar no eran más que unas ruinas olvidadas.

Al parecer, entre los pocos que llegaron hasta aquellas ruinas del antiguo castillo, hubo dos que ya jamás regresaron. Ambos acudieron allí juntos, escapando de sus propias realidades, y esto es tan sólo una leyenda, se dice que sí, que se quedaron.

Durante todo el tiempo que allí estuvieron, hasta el fin de sus días, nadie logró encontrar el castillo, y allí vivieron juntos, los dos solos. Ella era una princesa elfa, cuyo nombre está escrito en los anales del tiempo, por pertenecer a una de las más altas estirpes de los elfos. Él era un marinero sin rumbo fijo, que al parecer, navegando río arriba desde el gran estrecho, había encontrado el pantano. De allí había visto el castillo, y con él se obsesionó hasta encontrarlo.

Ocho largos años... Ocho años buscando el castillo pasaron los dos, y al final dieron con él. Y ahí estaba, por sorpresa aunque sin decepción, hecho una ruina. Pero eso no les importó. Ellos dos se quedaron, y allí nadie los molestó...




El castillo al que no había forma de llegar
Memorias Olvidadas
Darka Treake